Anoche estuve en otra vida

Soñé con el invierno
en Venecia, donde una
góndola navega sobre
aguas negras, bajo
linternas de aceite
y sándalo oloroso.
Vi brotar un muro
de coral blanco,
cogí las flores de
una sola noche.
Anoche estuve
al otro lado:
tumbada en la
cama recordé
las cosas
nunca
vistas.

*

Cuando pienso en niños recupero la imagen
de mi pueblo, esas tardes de verano en la calle
jugando a la cuerda, al escondite, montando en bici.

Pero cuando proyecto un hijo, veo la llegada del crepúsculo,
la hora esquiva donde las madres salen a la puerta
quitándose apresuradamente el delantal:

"Cariño, a cenar, lávate las manos que se enfría".

Quiero pensar que el mío, ese niño imaginado,
será lento y olvidadizo. Que al llamarlo no me oirá
y se quedará saltando en el asfalto, en el jardín.

Persiguiendo hormigas o el resplandor de una
mariposa nocturna, cazando salamandras
en la pared encalada. Y que yo lo miraré

pálida y sonriente sobre el atardecer,
viendo cómo se aleja hacia la noche
mientras pienso distraída

¿Qué haré hoy para cenar?

*

Soy una mujer.
Eso no cabe duda.

Una mujer
temporalmente
joven.

Que sangra,
se hincha,
o ovula.

Y no me va mal,
la verdad.

Siendo mujer.

Pero nadie
me preguntó.

Si quería parir,
tener escote,
un agujero
en la entrepierna
o una boca suave.

A veces lo más
hermoso, lo que
parece perfecto

no es lo más
conveniente.

La gata

Cierro los dedos en torno a su cuello.

Por detrás, suavemente.
Y la levanto despacio.
Pesa bastante, unos
seis kilos y medio.
Acerco mi cara su
hocico y la rodeo
con los brazos.
Nos quedamos
muy quietas,
respirando.
Ella esconde
su cara bajo mi
barbilla y suspira.
El sol sigue brillando.
Un pájaro canta

a lo lejos.

Bad day

Veo un gorrión en el rellano
con los ojos cerrados,
que despliega sus alas
desde el suelo.

No parece que vaya
a conseguirlo.

Desvío la mirada
buscando el sol.

Hay un rayo
que se cuela
entre los coches.

Pero desaparece
bajo el balcón
de la viuda.

Suspiro resignada.
Hoy no.

No sucederá.
Tal vez, mañana.

*

Estaré allí

cuando el huevo hierva
el bebé no se duerma
los vecinos follen

o griten
o lloren

Estaré allí

callada en una esquina
en la ducha fría
con tus boxers

explotando
en mi boca

Estaré allí

cuando me empujes
cierres la puerta
y me eches

o me odies
o me mientas

Estaré allí

no quedan excusas
no tengo otra casa

eres el último refugio.

Una pista

Si doblas cuidadosamente todo el amor,
presionando las aristas y el aliento,
puedes reducirlo a un triángulo.
A una navaja, si eres paciente.
Puedes crear un objeto
punzante y blandirlo
frente a mis ojos
con gesto
trémulo.

Sólo así
conseguirás
desarmarme
por completo.

*

Me pongo dramática.

Inclino el cuello
hacia atrás con
una torsión
minúscula.

Un gesto de
cansancio.

Y aprieto la
mandíbula.

Con la fuerza
de cuarenta
cretinos.

¿Qué te pasa?

Preguntan.

¿Qué sucede?

Nada.

No sucede
nada.

Nada
de nada.

Devuelvo
mi cabeza
a su posición
erguida.

Y esbozo
cualquier cosa.

Una sonrisa,
tal vez.

O una mueca, más
probablemente.

¿Entonces?

Entonces
ya está bien.

Seré sincera.

Lo que pasa
es que hoy

todo es Dante.

¿Qué?

Hoy Todo Es Dante.

¿Dante?

Si.

¿Porqué?

Dios, si esto
no lo entiendes
mejor no preguntes.

A veces eres odiosa.

Si, es verdad.

De ahí mi
desmayo.

Por eso
Dante.

*

Sangre y champán.

Eso es lo que quiero beber,
lo que digo que quiero
beber.

Pero miento.

Finjo ser sofisticada:
pisar a fondo me
magulla el pie.

Otra excusa.

Lo cierto es que
no quiero mirar
mi reflejo.

Estar frente a frente
anula toda perspectiva.

La transmutación de la merienda

Esta situación se aplica a cualquiera que meriende
pan bimbo con fiambre, o queso, o hielo picado.

Es decir.
Nosotros, y el 83% de la población del hemisferio norte.

Así que ahí estamos, apoyados en el banco de la cocina
con un plato de pan de molde de miga esponjosa,
y le damos bocados mecánicamente intentando masticar
esa masa blanca, que se hace bola por momentos.

Entonces nos distraemos un instante, para darnos cuenta
de que la tarde se presenta tan desierta
como un sueño en Siberia.

Un hermoso delirio a diecinueve grados bajo cero,
donde no pasa nada. Donde realmente, no vive nada.
Tragamos la bola, transformada por efecto de la lucidez
en una avalancha que desciende salvaje por la garganta,
arrasa la tráquea y estalla contra nuestro esófago.

Ahora tenemos un nido de nieve en las entrañas.
Y las malas noticias nunca llegan solas:
seguimos enteros, sin un rasguño.

Aquí, justo en este punto,
es donde las reacciones se dividen en dos grupos.

Por un lado, están los que se largan cuando la cosa
se pone fea, y apuran un vaso de agua para eliminar
esa sensación de pesadez en el estómago.

Tal vez con éxito.

Por otro, estamos los que sentimos el vértigo y lo abrazamos.
Ya sabes. Los que seguimos caminando hacia la ventisca.

Los que vomitamos si es necesario.

Somos todos unos mentirosos

Por encima de todo, hay que contarlo tal y como fue. Lo digo de entrada porque al hablar sobre un recuerdo, y mucho más al escribirlo, aparece la voluntad de mejorar los hechos. Una fuerza invisible que te empuja, Dios sabrá por qué, a alterar algunos adjetivos, algún verbo, para darle el empaque que merece. O que crees que debería tener. Por eso dicen que los escritores somos todos unos mentirosos, aunque contemos algo que hemos experimentado en nuestras carnes. 

Ya sabes: estás ahí apretando los puños, arrugando sin darte cuenta tus entradas de la fila uno, la dos como mucho, sintiendo los golpes que te da la vida en primera persona. De primera mano. Todas esas gotas de sudor, de saliva, impactando microscópicamente en tus mejillas. En fin, supongo que te haces una idea: todo el drama; en alta resolución. Un espectáculo desplegado en tu honor, los rótulos luminosos con tu nombre y apellidos. Pues eso: resulta prácticamente imposible no dejarse llevar por el arrebato.Y no lo digo como excusa, que conste. A fin de cuentas, el ser humano es débil, un mamífero atrapado por sus apetencias, sea o no escritor. 

Pero en esta ocasión no será así: voy a ser parca, iluminaré sólo lo que realmente sucedió. Por una vez no hace falta colgar guirnaldas. Porque fue tremendo. Aunque no novedoso. Quiero decir que no fue nada diferente, algo que no le haya pasado a fulanita o menganita antes. Pero aquí lo importante es que por una vez, la protagonista fui yo. No me lo contaron, ni le sucedió a mi colega. Me eligieron a mí como pareja, la reina del bailecito de las hormonas. O del amor. Quién o qué me escogió es otro tema.

Pues bueno, empiezo. Son las once y veintitrés. El 27 de octubre de 2016, un día cualquiera. Y voy bajando la calle Colón con una bolsita de Vodafone. Vengo que cantarle las cuarenta al empleado de turno, porque la mega compañía para la que trabaja por un salario irrisorio me ha cobrado un paquete de datos de internet que nunca contraté. No me costó mucho conseguir el reembolso, así que me dirijo hacia la Plaza del Ayuntamiento con el ánimo por las nubes. Sí señor. Por una vez se ha hecho justicia. No importa que sólo sean 43,20 euros. Tenían que devolvérmelos, son míos. Punto pelota.

El caso es que llego a la esquina y lo veo cruzar la calle, pero incluso antes, en la acera de enfrente, ya había hecho tambalearse el mito de James Dean, quien los años cincuenta se postulaba como el gamberro atormentado por excelencia. Javi, poderoso y ligero, pisa el asfalto con paso recto y despistado. En aquel momento no sabía su nombre, pero seguí su trayectoria hasta el último instante, y me hubiera encantado llevar minifalda, o un escote descomunal. O tener superpoderes, como esos que te permiten lanzar telas de araña y dejar suspendido al pringado de turno en el rincón que más te apetezca. Yo que sé, poder retenerlo de una puñetera vez, aunque al mismo tiempo tuviera la certeza interna de que conseguiría zafarse de mi nudo con una agilidad pasmosa, y volvería a caminar de nuevo por caminos que nunca serían los míos.

Cruzarme con La Visión de repente con la guardia baja, me molestó. Porque mi ánimo, hasta ese momento optimista y triunfador, mutó en un silencio lúgubre que no admitía discusión. Y así siguió hasta ahora, que me veo como en aquel entonces torturada por su pensamiento. No entraré en detalles, así es cuando te enamoras. Cuando te enamoras de verdad, hasta las trancas, nada que ver con los tonteos aquí y allá. Sobra decir que lo seguí sin dudar. Cambié mi rumbo y la Plaza del Ayuntamiento, los planes de entrar el la Filmoteca, se pulverizaron convirtiéndose en un puñado de polvo que se llevó el viento. Ningún rastro quedó de mi amada voluntad propia. Adiós al libre albedrío. Ciao baby. Como una Eva invertida, la visión de ese sujeto anuló para siempre las coordenadas que introducía desde el inicio de mi edad adulta en los comandos de mi vida para transformarme en una masa anhelante, en un gatito fofo y demandante. Porque mi corazón hacía miau, miau. Mis entrañas maullaban mientras la mujer que había sido hasta entonces decía adiós al Paraíso. Y hola al dolor, al deseo insaciable de querer siempre más. 

Sé que suena exagerado, que al contarlo así no parece más que un destello, un arrebato transitorio producido por la visión de un hombre guapo. De un tipo atractivo. Pero no, ya he dicho que aquí no hay adornos, no hay ficción. Desde el primer momento yo me consumía muda, iba devanándome los sesos sólo con verlo aparecer en escena. Algo inaudito, teniendo en cuenta mi carácter. 

No lo alargaré mucho más. Mientras espiaba su espalda a una distancia prudencial vi que se sentaba en un café junto a Santos Juanes y pedía un quinto. Nada del otro mundo, claro. Pero bueno, lo importante es que en aquel momento tomé la decisión que se reveló después como de una inteligencia y sensatez impresionantes. Hice lo que haría cualquier mujer que tuviera el corazón en sus manos: me senté en la mesa de al lado. Pues claro, pensareis, era de esperar. Sí, es verdad. Era previsible. Pero insisto: aquí nadie ha dicho que esta historia tenga nada de especial, ya avisé que no ibais a leer algo fantástico, ni que os iba a sorprender con un giro dramático. Todo tiene más bien ese tufillo a col hervida, a cosas cotidianas y penosas, como que una pervertida de andar por casa tenga una pulsión y se ponga a seguir a un completo desconocido por el centro de la ciudad. 

A lo mejor os parece inquietante, o ridículo, imaginarme allí sentada pidiendo un café, o una Fanta de naranja, o cualquier cosa que en ese momento mi cerebro embotado escogiera al azar. Pero eso fue justamente lo que hice. Y con mi pedido sobre la mesa me dispuse a espiarlo por el rabillo del ojo. Qué triste, ¿no?, diréis. Pues vale, me da igual. Sinceramente, me la sudan un poco vuestras opiniones, porque nacen de la ignorancia. Vosotros no conocéis a Javi y todo su mundo tremendo y denso y alucinante. Ese hombre está hecho de otra pasta, es de otro planeta. Es una sorpresa hecha carne, el Amor hecho Verbo. Recalco: un tío de Primera División. Y con un simple vistazo yo lo había descubierto, posiblemente mucho antes que otras petardas que se hayan cruzado con él en el pasado. Así que no juzguéis tan rápidamente.

Vale, no me pondré macarra porque estáis teniendo mucha paciencia. Dejadme contar el final, que es lo mejor. Le daba pequeños sorbos al botellín mientras su mirada recorría distraídamente la avenida, los transeúntes, el tráfico. Y yo sudaba, tenía escalofríos, sufría horrores en aquella postura petrificada, sin poder ni siquiera estirar el brazo para coger la Fanta, o lo que hubiera pedido. Estaba jodida. Pero Javi permanecía ajeno a mi lucha y eso, a mis ojos, hacía de él un hombre todavía superior. Más cool que cualquier moderno que baila swing en el Magacine. Me acuerdo de ese momento. Ya era mediodía y el sol bañaba las fachadas de los edificios con amabilidad, se oían las risas de una tendera a lo lejos y el frío era una sensación anecdótica, teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos. A partir de entonces, siempre que el sol está en lo más alto espero una respuesta de mi misma, o de alguien. De algo. Todos los días. Y nunca llega, porque a partir de cierta edad asumes que hay más preguntas que respuestas. Y que es esa desproporción inexorable la que produce toda la decadencia que habita la existencia de todo y de todos. Se conoce que es así.

Ya termino. Javi estaba finiquitando su cerveza y lo único que había hecho era girarme un par de veces en su dirección. No hacía más que esperar, sin saber muy bien el qué. Y aquí voy a dejar algo claro, voy a decirlo aunque me cueste (soy una mujer orgullosa): me sentía así porque comprendí con una fuerza y claridad rotundas que yo debía estar con aquel hombre. Que estaría con él y que toda la infinita gama de sensaciones de las que tanto hablan los grandes genios iban a sucederse en mí con inexorable precisión, con una lentitud quirúrgica. Para luego, after Javi, ser otra persona totalmente diferente. No mejor, ni más sabia. Simplemente, otra. 

Ahora si, el clímax. "Tal vez la mejor idea, en vez fingir que no nos hemos quedado alucinados al encontrarnos, sea sentarnos juntos, ¿qué me dices?" ¡Esa era la frase!¡Justo lo necesario para accionar la palanca, para alinear los astros! Sé que estáis pensando que la dije yo, que durante mi espera angustiosa había encontrado la invitación perfecta y que en un arranque de valentía y desparpajo se la había soltado. Pero no. Ese regalo, el instante divino, el Golpe de Suerte, lo dijo él. El Hombre. 

Aquí lo dejo. El flirteo y las citas, el sexo y el amor terrible, las bromas y las broncas, el ascenso y la caída, no los voy a contar. Hablar del dolor sin envoltorio no interesa, ya lo conocéis de sobra. Y el resto es literatura.

Incendio

La mayor parte del tiempo
es un acontecimiento invisible.

Como cuando amanece.

Normalmente estás dormido,
pero aún así lo conoces.

Algo parecido sucede conmigo,
hablo de cosas intangibles.

De los últimos ancestros,
los escuadrones de fantasmas,
los murmullos internos.

Para no convertirme en alguien
que incendia su propia casa.

*

Él tiene cosas imposibles

algo suave entre los dedos
flores negras en la boca
y un galgo invisible
caminado a su lado.

Me da rabia.

Se apoya en la pared
con tanta elegancia
que lo empujaría.

Haría que cayera
de rodillas.

Para que desde
el suelo mire
bajo mi falda.

Es obvio que esto se acaba

El sol está por las rodillas,

nada se puede hacer
al respecto.

No soy una ilusa.

Bajo a la calle
para despejar
la cabeza.

Una mujer está
fregando el portal
y el olor a lejía
me traspasa.

Purifica mi alma.

Por fin algo
me atraviesa.

Una lástima
que sea corrosivo.

Terrorista de pacotilla

El taper que llevo en el bolso
me golpea la cadera.

Es una campana de plástico.
Produce un ruido sordo.

Que suena a broma pesada.

Hoy toca espaguetis con atún.
Otra vez espaguetis con atún.

Me cierro el abrigo con las manos.

Antes de llegar al edificio de cristal.
Al hermoso y terrible y perfecto
edificio de cristal.

Pienso en una granada dorada,
un explosivo que deshaga el acero.

¿Por qué no?

Antes de cruzar la puerta
cualquier cosa improbable

será siempre mejor.


Pronostico lluvioso

Mi jefa mira hacia fuera,
donde la lluvia de otoño
moja un edificio de acero.
Se ha hecho la permanente lisa
y parece un poco más mayor
de lo que realmente es.

No está amargada, ni es mala persona,
como se supone que son todas las jefas.
Sólo parece triste, aunque no por la lluvia,
o la melancolía de una luz gris
que vuelve a la ciudad con el frío.

Siente esa pena que recuerda a lo simple.
Taper de garbanzos con acelgas,
una pantalla en blanco,
otro mail sin respuesta,
la cafetera sin agua.

Nada se puede hacer al respecto,
porque no es importante.

Al volver de la sala de descanso
le traigo un café con dos sobres
de azúcar.

En ningún momento me mira a los ojos,
pero al darme las gracias parece sincera.

Ese trigal

Sabes que es real.

Ese trigal que cruzo
bajo la peor nevada.

Hay grajos tenebrosos
que me vigilan.

También las espigas
se doblan dentro
de mi cráneo con
estruendo alucinante.

Y si estiro la mano
para empujarte,
sé que tu también
sientes el frío.

Así que no disimules,
no frunzas el ceño
ni finjas estar horrorizado

y dime de una vez
si sabes salir de aquí.

*

La leche tibia

descansa en mi mesita de noche.
Deja escapar un vapor que forma
delicados caracoles blancos.

Sé que mientras dormía
has dejado ese vaso para mi.

En medio de la quietud
de la mañana, entraste
con la leche entre las manos
como un Arcángel transparente

sin que el cielo se te cayera encima.

Simplemente perfecta

Pues está esa chica
que viene a la oficina
cada mañana y que es
simplemente perfecta.
Con una piel sedosa
y de un tono ambiguo
entre la concha de río
y un melocotón rosa.
Cruza el pasillo
con un andar ondulante
que marca sus caderas.
Y justo cuando gira la
esquina dos mujeres que
se sientan en un cubículo
cercano cuchichean sobre
su maquillaje extendido
como una máscara
(según ellas)
y esos aires de suficiencia
que, teniendo en cuenta que
tiene un contrato de seis meses,
debería empezar a moderar.
Pero mientras oigo ese
cotorreo no puedo dejar
de mirar la esquina por la
que ha vuelto a desaparecer
un día más. Y pienso en
mis ojeras, los nudos del
pelo y este color violeta
en las lunas de las uñas.
Deseando volver a verla.
Y admirar esa explosión
de carne y esfuerzo de
alguien que, aunque sólo
esté allí de paso, sin duda
ya ha mejorado lo que
le ha tocado en suerte.

Esta mañana en la costa altántica

Un bote boca abajo
sobre la arena húmeda.
La fibra de vidrio
pintada de azul

ultramar.

Las gaviotas
tienen picos abiertos
como tijeras naranjas.

Y tu me das la espalda
para mirar el horizonte.

Lo único del paisaje
que no es real.