*

Tiene las manos hermosas,
suaves y ligeras,
como papel de arroz.

Sentado en la avenida
a la sombra de un chopo
le da de comer a las palomas.

Su expresión es soñadora,
sus dedos parecen tibios.

Le digo a mi acompañante:
Mira las manos de ese anciano,
¿cómo crees que será la
afortunada que un día
las tuvo cerca?

Noto que me mira extrañada:
Esa pregunta es un poco rara.

Una sobra de huevo blanco
se posa en mi garganta.

Intento no volver a mirarlas.

Y seguimos nuestro camino.

Explícamelo otra vez

Estamos a principio de siglo

si si

estamos en las primeras décadas

pero en este tiempo
no hay zares muertos,
escuadrones de la muerte
o trincheras de barro.

No tuvimos la polio
ni tampoco sabemos
a qué saben el pan duro,
la leche en polvo,
las gachas frías.

Estamos entrando en el futuro

si, por supuesto

un mañana eléctrico
donde viviremos 100
años (tras varias cirugías).
y podremos hablar
con Todos, con Los Nuestros

todo el tiempo
a cualquier hora
en cualquier lugar.

Pero al mismo tiempo
acumulamos
cilindros de colores
en el cajón

Valium
Zoloft
Diazepam
Lexapro
Xanax
Orfidal

La magia química
de los inhibidores
de respuesta.

De una respuesta.
La que sea.

No sabemos nada
del hambre, del frío,

del terror.

Entonces dime,
querido:

¿Qué coño nos
está pasando

exactamente?

Full of Contradictions

Mientras veíamos "El Diario de Noa"
por millonésima vez, tiradas en el sofá,
mi colega suspiró rencorosa justo
en la escena del polvo, esa que
entran mojados en la casa
y se arrancan la ropa, la boca
y todo lo que pillan por el camino.

Al ver cómo caen desfallecidos
sobre las sábanas de algodón
afirma en tono socarrón:
"Eso es lo que necesitamos todas:
un buen empotrador que nos
levante por los aires"

Y yo la miré acusadora pensando:
"Que vulgar, que soez, no es eso
lo que necesitamos. Para nada".

"Creo que prefiero la madurez emocional",
respondí con aire de suficiencia mientras
me encendía otro cigarro. Su mirada era azul.
Por el reflejo de la pantalla, supongo.

Entonces, diez años después.

En el ascensor.
Bajando.
Junto a ese tío.
Que mira la puerta.
Sin pestañear.
Sin decir ni mu.
Pero muy cerca.
Y que huele bien,
Aunque no a jabón,
precisamente,

pienso

"Tal vez
lo que dije
entonces
fue una
completa
estupidez"

Que capture a los cuervos

Invocar la balanza
para que traiga el equilibrio.

Varias venas violeta
un pomelo durmiendo
la curvatura breve de tu craneo
o el número exacto de decibelios
cuando gimes, o bostezas.

Rezarle al centro, al horizonte,
al acuífero que habla en el techo,
al champán rosa que moja la lengua,
al suavizante blanco de mis bragas.

Encender velas en su altar
para que capture a los cuervos
y les roce delicadamente las garras

delicadamente

las desatornille para dejar sólo plumas,
un pájaro de aire que flota.

Y murmurar una oración
para que haga lo mismo conmigo.

En el Espacio Exterior

Estoy viviendo en el espacio exterior.
En el Negro más puro.

Lejos de todo.
O tal vez en el mismo centro.

Estoy flotando aquí fuera.

Rodeada de puntos de luz
inalcanzables y tremendos.
Como millones de pupilas
ancestrales.

Sin sonido ni tiempo,
ni nada relacionado
con lo que una vez fui.

Sólo Negro.

Y algo
que nunca termina.

Algo que puedes ser tú.
O todo lo contrario a tu recuerdo.

Y aunque no puedo respirar,
o las lágrimas parecen esferas
transparentes

estaré bien.

Todas las bestias

Aquí mismo
sentada frente al ordenador
puedo mover levemente el cuello
inclinarme hacia un lado
y vomitar un chorro dorado.
Quiero pensar que es posible
vomitar un tubo de luz
o todas estas fieras albinas
que aúllan sin descanso.
Abrir la boca y que salga
lentamente, una mezcla de
animales salvajes mojados
por un destello cegador.
Formar un charco alucinante,
y quedarme vacía por dentro.
Tal vez escuchar el silencio por fin.
No. Creo que no estoy loca.
Porque ese líquido y cada
bestia blanca viven aquí.
Habitan mi cuerpo
como las bolas de pelo
o las pecas. Pero

hay peso en la boca del estómago.

Es el miedo a que todo termine.
El miedo a que no.

Les doy lo que no necesitan

Ofrezco pan a los gorriones.

Ellos aterrizan sobre el césped.
Se posan en el verde cortado.

Que huele brotes amargos.

Les tiro migas enromes,
blancas y esponjosas.

Nubes caídas.

Pero no se acercan.
Solo ladean la cabeza.

Y sin hacerme caso
miran furtivamente la hierba.

La mano que aprieta

Si el gato come hierba sabemos que se acercan los problemas.
Hay caras secas en los calcetines y el pan duro nos persigue.

Como esa sombra con forma de mano, esa figura alargada.

Que al cerrar los ojos en las noches de la infancia.
nos rozaba con sus falanges o se escondía bajo la cama.

Entonces sólo aparecía cuando todos dormían.
Pero ahora llega por la mañana, mientras desayunamos.

Y aunque la ignoremos y no le miremos las uñas,
ella sabe que es mucho más grande.

Mucho más terrible.

Ya no resulta tan fácil echarla.

Un poema japonés en el 2016

Un mundo de saliva
es un mundo de saliva.

A pesar de todo.

Tal vez por eso
hay que besar el asfalto.

Ser amante de lo sólido.

Del acero inoxidable,
o del contrato blindado.

Porque.

Es muy extraño estar vivo
bajo el almendro en flor.

No todos pueden soportarlo.

Soñé con tu pulmones

Estaban dentro del hielo perpetuo.
Muertos en mi congelador.
Mientras dormía los saqué.
Para lavarlos con agua caliente.

Solos tus pulmones y yo.
En el lavadero del patio.
Sobre migas de pan.
Bajo estrellas balbuceantes.

Pero es un sueño y hace frío.
Dentro de poco va a nevar.
Por eso cargo los órganos.
Y los protejo de la noche.

Quiero llevármelos conmigo.
Estrujarlos contra mi boca.
Esconderlos bajo la cama.
Pero tropiezo y caigo de rodillas.

Y tu recuerdo, que no sabe volar,
es arrojado al aire.

*

A veces soy
una anciana
sorbiendo
su sopa.

Caldo de arroz,
tan blanco como
un pato salvaje.

Oigo a lo lejos
el laúd, la voz
de mi tristeza.

Llueve granizo
sobre el tejado.

¿El hielo que cae
es diferente este año?

Sin bastón

En el metro.

Dentro del túnel que conecta una línea con otra.
Una mujer ciega camina pegada a la pared.
Una señora negra, vestida con mallas.
Y ciega. Camina con las manos abiertas.
El bastón cuelga de su brazo derecho.
Unido a su antebrazo por una goma blanca.

Todos la miramos con curiosidad.
Con morbo. Porque no puede ver.

¿Qué  hace?
¿Por qué va a tientas?
¿No debería usar el bastón?

Ella se aplasta contra el muro.
Recorriendo su superficie curva con la cara.
Dejando que la suciedad le manche las mejillas.
Un jubilado aminora el paso, dudando.

¿Necesitará  ayuda?

De pronto tropieza, pero ignora la ayuda
que le ofrecen y continúa su camino.

Una señora le dice a otra: 
Creo que no está bien de la cabeza.
Y su acompañante le responde: 
¿Sabrá que es negra?

La ciega gira la esquina.
Desaparece del andén.

Nosotros subimos al siguiente tren.
Y seguimos sin entendernos.

Lo que nadie ama

No hay escenas coherentes en mi cabeza.

Un caballo cubierto de cal,
la esquina de la fregona,
conchas de nácar y sangre,
cardos azules dentro de la boca.

No hay ninguna lógica.

Sólo habitaciones que nadie ama.
Kilómetros de muelas de leche.
Tres pezones violetas.

No existe el silencio.

Pero a veces amanece
durante unos minutos.

Unos breves instantes.

Y mi cabeza puede ser
un hermoso camastro.

Ese lugar donde no
se puede permanecer.

A esperar de nuevo la sombra.

*

Bajo el cielo negro.
Las estrellas.
Un desierto.

Y yo no respiraba.

Sostenía a alguien.

Su cabeza en mi regazo.
Los dedos en los dedos.
La vena verde en la lengua.
Sollozando, aunque sin pesar.

Lo cuidaba en el suelo
mientras el viento rugía
blanco, manchando
la piel del potro.

Entonces alzó
la vista como
los lobos.

Astuto.

Y murió
sin compasión.

*

Estiré las arrugas.

No quedó mucho mejor
que cuando ocupabas
la mitad del colchón
con tu cuerpo, siempre liso
como el círculo de una pupila.

Borré las huellas
dactilares, pequeñas
manchas de grasa
en el silestone
de la cocina.

Me tragué
los pelos que dejaste
en el desagüe.

Finalmente,
parpadeé dos veces.
Parpadeé. Dos. Veces.

Había ganado una guerra.

Al día siguiente
suspiré en una cama
infinita e hice crujir
el diario del día anterior.

"El fin del conflicto
deja millares
de desaparecidos".

Las venas del agua

Quiero ancas.

Estaría bien tener ancas.
O las extremidades de un palmípedo.
Con membranas verdes y una película de aceite.
Porque miro fijamente las venas del agua,
cómo se deslizan dentro de la bañera,
en dirección al desagüe.

Hacia lo que no sé.

Y no tienen miedo.
Me llaman con un sonido invertido.
Iré, saltaré dentro de esa corriente,
nadaré como una manta extendida.
Porque nada es permanente.

Todo fluye como un
líquido tremendo.

Que así sea.

El Primer Hijo

Ya no tenemos nieve blanca en el televisor.
Ni teléfonos de baquelita, tampoco VHS.
Nos reímos de las cartas escritas,
de los sellos, los membretes.

De las costumbres de un tiempo extinto.

Pero como en la Antigua China
a nuestro primer hijo

le llamaremos
Pequeño Emperador.

La pesadilla del miércoles por la noche

El cielo se mostró una sola vez.

Entonces vi que nuestra casa se hundía
y grité
pero eso fue después, tras horas de escombros.

Mientras acompañábamos un nuevo río,
arrastrados junto a latas de Red Bull,
una jarra de plástico, melocotones,
flores, un adoquín redondeado.

Lo de arriba tuvo la culpa.

Un cielo invertido y rencoroso
que aplastaba con su brutalidad azul.

Entonces caímos por fin
en un mar imposible
sin albatros ni esperanza.

Y nadamos arrugados,
haciendo burbujas con la boca.

Qué lastima. Qué pena.

El cielo se mostró una sola vez.

Cuando desperté
de lo que podía haber sido.

This is all

Cuando camino por la noche con las llaves en la mano,
sintiendo ese calor tranquilo que nace del asfalto,
el murmullo de las palomas durmiendo en el alféizar,
la tirantez de unos labios resecos.

Y no pienso en nada.
Y no siento nada.

Algo me dice: nunca tendrás nada más vital,
más entero, más real. Más perfecto.

Que lo que estás haciendo justo ahora.

Entonces trago saliva, sonrío levemente,
para aligerar el paseo de La Certeza,

y me saco disimuladamente la goma
de la bragas de entre las nalgas.

*

Hay una refineria en la ventana
y un informe con grapas oxidadas.

Toneldas de formica
forrando cada resquicio,
o ese oficinista que me mira de reojo
desde el asiento de al lado

sospechando,
suspirando
sobre el teclado.

Pero no es grave.
Sólo un puñado
de obligaciones

que caen sobre mi
como una estaca.