Un poema japonés en el 2016

Un mundo de saliva
es un mundo de saliva.

A pesar de todo.

Tal vez por eso
hay que besar el asfalto.

Ser amante de lo sólido.

Del acero inoxidable,
o del contrato blindado.

Porque.

Es muy extraño estar vivo
bajo el almendro en flor.

No todos pueden soportarlo.

Soñé con tu pulmones

Estaban dentro del hielo perpetuo.
Muertos en mi congelador.
Mientras dormía los saqué.
Para lavarlos con agua caliente.

Solos tus pulmones y yo.
En el lavadero del patio.
Sobre migas de pan.
Bajo estrellas balbuceantes.

Pero es un sueño y hace frío.
Dentro de poco va a nevar.
Por eso cargo los órganos.
Y los protejo de la noche.

Quiero llevármelos conmigo.
Estrujarlos contra mi boca.
Esconderlos bajo la cama.
Pero tropiezo y caigo de rodillas.

Y tu recuerdo, que no sabe volar,
es arrojado al aire.

*

A veces soy
una anciana
sorbiendo
su sopa.

Caldo de arroz,
tan blanco como
un pato salvaje.

Oigo a lo lejos
el laúd, la voz
de mi tristeza.

Llueve granizo
sobre el tejado.

¿El hielo que cae
es diferente este año?

Sin bastón

En el metro.

Dentro del túnel que conecta una línea con otra.
Una mujer ciega camina pegada a la pared.
Una señora negra, vestida con mallas.
Y ciega. Camina con las manos abiertas.
El bastón cuelga de su brazo derecho.
Unido a su antebrazo por una goma blanca.

Todos la miramos con curiosidad.
Con morbo. Porque no puede ver.

¿Qué  hace?
¿Por qué va a tientas?
¿No debería usar el bastón?

Ella se aplasta contra el muro.
Recorriendo su superficie curva con la cara.
Dejando que la suciedad le manche las mejillas.
Un jubilado aminora el paso, dudando.

¿Necesitará  ayuda?

De pronto tropieza, pero ignora la ayuda
que le ofrecen y continúa su camino.

Una señora le dice a otra: 
Creo que no está bien de la cabeza.
Y su acompañante le responde: 
¿Sabrá que es negra?

La ciega gira la esquina.
Desaparece del andén.

Nosotros subimos al siguiente tren.
Y seguimos sin entendernos.

Lo que nadie ama

No hay escenas coherentes en mi cabeza.

Un caballo cubierto de cal,
la esquina de la fregona,
conchas de nácar y sangre,
cardos azules dentro de la boca.

No hay ninguna lógica.

Sólo habitaciones que nadie ama.
Kilómetros de muelas de leche.
Tres pezones violetas.

No existe el silencio.

Pero a veces amanece
durante unos minutos.

Unos breves instantes.

Y mi cabeza puede ser
un hermoso camastro.

Ese lugar donde no
se puede permanecer.

A esperar de nuevo la sombra.

*

Bajo el cielo negro.
Las estrellas.
Un desierto.

Y yo no respiraba.

Sostenía a alguien.

Su cabeza en mi regazo.
Los dedos en los dedos.
La vena verde en la lengua.
Sollozando, aunque sin pesar.

Lo cuidaba en el suelo
mientras el viento rugía
blanco, manchando
la piel del potro.

Entonces alzó
la vista como
los lobos.

Astuto.

Y murió
sin compasión.

*

Estiré las arrugas.

No quedó mucho mejor
que cuando ocupabas
la mitad del colchón
con tu cuerpo, siempre liso
como el círculo de una pupila.

Borré las huellas
dactilares, pequeñas
manchas de grasa
en el silestone
de la cocina.

Me tragué
los pelos que dejaste
en el desagüe.

Finalmente,
parpadeé dos veces.
Parpadeé. Dos. Veces.

Había ganado una guerra.

Al día siguiente
suspiré en una cama
infinita e hice crujir
el diario del día anterior.

"El fin del conflicto
deja millares
de desaparecidos".

Las venas del agua

Quiero ancas.

Estaría bien tener ancas.
O las extremidades de un palmípedo.
Con membranas verdes y una película de aceite.
Porque miro fijamente las venas del agua,
cómo se deslizan dentro de la bañera,
en dirección al desagüe.

Hacia lo que no sé.

Y no tienen miedo.
Me llaman con un sonido invertido.
Iré, saltaré dentro de esa corriente,
nadaré como una manta extendida.
Porque nada es permanente.

Todo fluye como un
líquido tremendo.

Que así sea.

El Primer Hijo

Ya no tenemos nieve blanca en el televisor.
Ni teléfonos de baquelita, tampoco VHS.
Nos reímos de las cartas escritas,
de los sellos, los membretes.

De las costumbres de un tiempo extinto.

Pero como en la Antigua China
a nuestro primer hijo

le llamaremos
Pequeño Emperador.

La pesadilla del miércoles por la noche

El cielo se mostró una sola vez.

Entonces vi que nuestra casa se hundía
y grité
pero eso fue después, tras horas de escombros.

Mientras acompañábamos un nuevo río,
arrastrados junto a latas de Red Bull,
una jarra de plástico, melocotones,
flores, un adoquín redondeado.

Lo de arriba tuvo la culpa.

Un cielo invertido y rencoroso
que aplastaba con su brutalidad azul.

Entonces caímos por fin
en un mar imposible
sin albatros ni esperanza.

Y nadamos arrugados,
haciendo burbujas con la boca.

Qué lastima. Qué pena.

El cielo se mostró una sola vez.

Cuando desperté
de lo que podía haber sido.

This is all

Cuando camino por la noche con las llaves en la mano,
sintiendo ese calor tranquilo que nace del asfalto,
el murmullo de las palomas durmiendo en el alféizar,
la tirantez de unos labios resecos.

Y no pienso en nada.
Y no siento nada.

Algo me dice: nunca tendrás nada más vital,
más entero, más real. Más perfecto.

Que lo que estás haciendo justo ahora.

Entonces trago saliva, sonrío levemente,
para aligerar el paseo de La Certeza,

y me saco disimuladamente la goma
de la bragas de entre las nalgas.

*

Hay una refineria en la ventana
y un informe con grapas oxidadas.

Toneldas de formica
forrando cada resquicio,
o ese oficinista que me mira de reojo
desde el asiento de al lado

sospechando,
suspirando
sobre el teclado.

Pero no es grave.
Sólo un puñado
de obligaciones

que caen sobre mi
como una estaca.

Qué pasa cuando le das demasiadas vueltas a las cosas

El verano no consigue
cegar los interrogantes.

Y cada mañana, vestida
con una camiseta sin mangas,
con dos piernas y varios ojos

analizo la luz del desayuno.

Descifro el idioma de las pepitas,
el futuro que me depara el café,

pero también

las horas de oficina y una madurez
demasiado incipiente en las sienes.

Como si me enfrentara a ese Oráculo
donde una vestal me acusa de deisida
mirando alucinada unas vísceras de pájaro.

Soplar polvo de amatista

Te miro
ahí sentado
e imagino cosas.

Cómo sería olerte.

O cubrirte con una
fina capa de saliva
y polvo de amatista.

Envolverte en cristal diáfano.

Para que permanezcas
luminoso ante Todos.

Para que seas violeta
y fluorescente como
cientos de medusas.

Creo de ese modo
podría compartir

los crepúsculos
tiernos que
veo en ti.

Ha estado con pocos hombres

Una mujer que conozco
dice que ha estado con pocos hombres

con el primero por curiosidad,
con el segundo por apego,
con el tercero por interés,
con el cuarto por desidia.

A todos les hizo un nido,
vomitó oro por las pupilas.
Por todos ellos caminó.

Sin embargo, cuenta que
por el quinto no hizo nada.

Sólo se puso a su lado, muy cerca,
y le tocó levemente el hombro.

Con este conoció la pasión.
Todo lo que la ficción promete.

Pero no hubo refugio.

Ahora mira al espejo
toda esa erosión.

Mastica carne cruda.
Vive a la intemperie.

Y ya no desea nada.

Estrategias de resistencia contra el peso de la carne

Las mañanas como esta

en que aprieto fuerte el botón
para que el despertador no suene,
trituro puñados de azúcar blanco
o cierro la ingle al salir de la cama.

Las mañanas de la huida

cuando abro los ojos y ya está ahí,
respirando sobre mi pecho
con un cuello de hueso infinito
y plumas de estructura leve.

Un cisne gigante enroscado en mi garganta.

Que me roza la mejilla con el pico
mientras me vigila con ojos oscuros,
negros, muy cerca de las pestañas.

O del costillar de mi alma.

Ese cisne blanco al que ignoro
sistemáticamente
mientras pienso en cómo
deshacerme de él.

Podría engañarle.

Coger algo aparentemente inocuo:
un violín
mi taza favorita
la hiedra y su maceta
ese saco de hielo del congelador

y lanzárselo cuando esté distraído.

Golpearle la cabeza fuerte
muy fuerte, con furia,
con todas mi fuerzas.

Abatirlo por fin.

Para que abandone su abrazo,
para verlo caer con un susurro
mientras sale de su pico
un fino hilo de sangre.

Porqué no.

De ese modo volvería a ser ligera,
fina, lisa: tan sutil como antes.

Podría incluso abrirle la carne,
robar su plumaje, los instrumentos de vuelo.

Ponérmelos como el aire de su abrigo.

Ser por primera vez un cisne invisible,
saborear el triunfo de la violencia,
beber incluso un poco de su sangre

antes de abrir mis nuevas alas

y lanzarme con ellas al vacío.

Es la hora

Me ves ansiosa por escribir,
por hacerlo mejor cada día.
Quiero estar a la altura,

estar a la altura.

Me arranco las sanguijuelas
con el dedo índice y el pulgar.

Porque sólo yo puedo hacerlo.

Pero escucha.

Cuando quieras
te llevaré al precipicio.

Dejaré que me toques la garganta.
O los lugares del silencio.

Porque son suaves,

y llegó la hora de acariciar.

De quitarle la mordaza
a todo lo bello que nos habita.

Puede que seas La Salvación

Amamanto palabras:
gato, espina, pestaña, dios.

Si parpadeas tres veces
sabré que dios existe.

Sabré por fin que Es,
y que tú tienes dos ojos.

Que estás ahí
y parpadeas.

Él te roza el pie
mientras espero.

Vendrás hacia mi
para salvarme.

De la espina de dios,
del gato enfermo.

Del horror.

Floreces en las paredes
con pestañas como escudos.

La Luz lo sabe.

Y no hay nada
que obstaculice

tu ascensión
en mi alma.

Nada interfiere.

No interfiere dios.
Esta vez lo lograremos.

Dentro

Estar dentro del amor.

No traspasarlo.
No ir hacia él.

Ni tampoco
abrirlo en canal:

estar ya dentro.

Como la arena
que será perla.

O una yema
de alondra.

Eso es lo más difícil.

Las escaleras del metro

Como cuando corríamos cuesta abajo,

dando saltos con las zapatillas de lona,
heridas y costra en las rodillas,
dientes nuevos rellenos de encía.

Como aquel verano que bajamos la pendiente,

con los ojos cerrados, cada vez más rápido.
Los pies vibrando y la frente cosida de cielo.

Así deberíamos subir las escaleras del metro,

ignorando los tacones, la camisa,
todo el peso del tiempo esclavo.

Con el pecho rezumando cristal líquido,

y a ser posible

sintiendo lo extraño de la vida
estallándonos por dentro.